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martes, 29 de agosto de 2017

"Tener sexo con mi esposo a diario, me ayudó a amarme a mí misma"

"Tuve sexo con mi esposo por un año diario y esto pasó"
Hace tres años decidí tener sexo todos los días, durante un año.

Y no, no fue con 365 hombres, sino con mi esposo. Sí, incluso en los días de menstruación hacíamos el amor. No lo hice para salvar mi matrimonio. Lo hice para salvarme a mí misma.


Poco después de tener a mi tercer hijo, recuerdo que estaba en la ducha y al verme al espejo pensé: - ¿Quién dejó a mi mamá aquí?

Para ese punto yo no podía verme desnuda. Apagaba las luces cuando lo hacíamos y escondía mi estómago y senos dentro del camisón que usaba para dormir.

Con el paso de los años, la ausencia de mi cuerpo desnudo comenzó a preocuparme. Después de tantos años, mi esposo Andy, ¿recordaba cómo me veía desnuda?

Se me ocurrió que podríamos tener sexo todo el año, después de que hablé del tema con una amiga que pasó por una situación parecida.
Tener sexo a diario durante un año parecía difícil de lograr, pero era también una forma de obligarme a enfrentarme a mi cuerpo. Quiero decir, eventualmente, la ropa tenía que salir y las luces quedarse prendidas, ¿verdad?

Andy, como era de esperarse, aceptó la idea. Y por un año entero, salvo que estuviéramos separados por los viajes o muy enfermos, tuvimos relaciones sexuales a diario.

Al principio fue difícil. Cuando eres la mamá de tres hijos, el trabajo puede ser extenuante, así que no es que tener sexo fuera una tarea que yo temiera, pero dedicarle un tiempo, del tiempo que no tenía, me parecía imposible, egoísta y agotador.

Solo quería acostarme en cama y ver “The Tonight Show” mientras comía cereal y sin ánimos de que nadie me tocara.
Pero conforme los meses pasaban, comencé a disfrutarlo. El sexo engendró más sexo, y esos sentimientos de conexión y amor comenzaron a crecer fuera del dormitorio.

Teníamos sexo en el cuarto de lavado, el closet, en el garaje… Nos volvimos más románticos, nos abrazábamos con más frecuencia, nos dábamos largos besos antes de ir a trabajar y nuestra relación se volvió más fuerte cuando dejamos que nuestra intimidad floreciera.


Comencé a ver mi cuerpo de otra manera. Tres meses después, me di cuenta de que en realidad amaba tener sexo.

Seis meses después, ya no me preocupó que mis senos estuvieran más flácidos que antes. Por primera vez, estaba más preocupada de disfrutar del sexo que de encontrar el ángulo perfecto en la cama para ocultar la pancita.

Al año, era capaz de acostarme con mi marido completamente desnuda. Ahora podía caminar sin ropa por la casa, hacer el desayuno de los niños y no preocuparme por cómo lucía mi cuerpo.
La relación con mi esposo y mi cuerpo cambió de maneras asombrosas.

Hoy, tres años después, seguimos haciendo el amor cada noche… (¡Oh dios mío, es broma!).
Ya no tenemos sexo a diario, pero no es porque estemos cansados el uno del otro, aunque admito que mi pelvis y cadera agradecieron el descanso, porque los humanos no somos robots.

Sin embargo, los efectos y experiencias de la lección aun permean en nuestro matrimonio.

Primero:
Aprendimos que no muchas personas tienen sexo todos los días. Están ocupados, estresados por el trabajo, se empeñan en coordinar sus horarios con el de los niños y en pagar cuentas.
Tener sexo así es difícil, pero necesario. Nos recuerda que somos una pareja y no compañeros de casa.

Segundo:
Supimos la cantidad exacta de sexo que necesitamos para tener un matrimonio feliz. No enloquezco si han pasado dos semanas y no hemos hecho el amor, porque siempre trabajamos en estar conectados de otras maneras.

Intimidad no siempre significa penetración. El objetivo principal es el de mostrarnos el amor que tenemos el uno al otro.

Y, por último...
Aprendí a hacer una mejor esposa, mejor madre y mejor mujer cuando me tomé el tiempo de trabajar en mi seguridad y en mi relación.

Comprendí que no era la mejor versión de mí misma si todo el tiempo me sentía insegura y con pánico.

Tener sexo con regularidad, no es una garantía de que jamás me divorciaré o que seré inmune a la infidelidad, pero me ayuda a sentirme más cómoda conmigo misma y a sentirme segura de quién soy.


Siempre bromeaba con que no quería volver a estar en la posición de estar saliendo con alguien de nuevo, porque mi cuerpo no estaba “listo para mostrarse”.

Ahora, aunque naturalmente espero seguir casada con Andy hasta el final de mis días, mi definición de cuerpo deseable ha cambiado.

Por fin comprendí que nunca se trató de que alguien más me quisiera, sino que yo aprendiera a amarme a mí misma. ¡Y sólo tomó un año darme cuenta de ello!

Fuente: actitudfem.com

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